J. Antonio Cantón

El tan manoseado mito del milagro almeriense se desmonta con facilidad. El hecho de que en la provincia de Almería se encuentre la mayor concentración de invernaderos del mundo no es fruto de milagros ni de suerte, sino de la adaptación a las circunstancias y la capacidad de trabajo intenso, de soportar el sufrimiento y la escasez, ayudado por una estructura familiar agraria en la que en el invernadero trabajaba toda la familia, incluidos los niños al salir de la escuela.

En la actual realidad hortícola almeriense también influyó la capacidad de adaptación de los agricultores de la zona de El Ejido quienes, ante la pérdida de rentabilidad del prácticamente monocultivo de la uva de mesa en los parrales, que trajeron los nuevos sistemas de transporte y la implantación de otras variedades de uva en diferentes zonas geográficas, en lugar de quejarse se dispusieron a dar un cambio total a su medio de vida. Desde la vecina costa granadina ya había llegado a Almería el sistema del enarenado para cultivar hortalizas, primero a la zona de Balanegra – Balerma – Guardias Viejas y posteriormente, con el impulso del Instituto Nacional de Colonización, a la zona de Roquetas y El Ejido con la creación de pueblos como Solanillo o San Agustín. El experimento realizado en aquellas parcelas de “Colonización” al cubrir 100 metros cuadrados de enarenado con plástico no cayó en saco roto para esos ya productores de uva que veían un futuro incierto, que comenzaron a cubrir con plástico los parrales, cambiaron la uva por las hortalizas… y en 1968 ya había 30 hectáreas de esos invernaderos tipo parral, que en 1971 ya eran 1.114 hectáreas, en 1981 superaban las 8.000, en 1991 eran más de 18.000, en 2013 superaban las 28.000, hasta las 32.368 hectáreas de invernadero existentes en 2020, con una producción de 3.721 millones de kilos de hortalizas, por un valor de 2.319 millones de euros. Y no son fruto de milagros sino del tesón, del trabajo, de sufrir ante el endeudamiento para construir más superficie, el miedo a no poder pagar los préstamos, la ilusión por poder dejar un trozo de invernadero a sus hijos… trabajo, sudor, sufrimiento… nada de milagros.

Los tiempos han cambiado, la globalización se ha impuesto y la competencia es cada vez más fuerte y no en las mismas condiciones. La producción en Almería está obligada a cumplir unos estándares, tanto productivos como sociales, que no se dan en otros orígenes. Ante eso hay que reconocer que, siendo lógica la aspiración de los actuales productores de establecer unos precios mínimos para sus productos, del mismo modo que un fabricante de tornillos fija el precio final en función de sus costes de producción, se corre el riesgo de que con unos precios fijos no se pueda vender el producto en determinados momentos, porque llega más barato de otros orígenes. Teniendo en cuenta que esas producciones de terceros países tienen unos menores costes, para que la fijación de precios mínimos sea efectiva deberían tener el aval de la Unión Europea, que a su vez tendría que impedir la entrada de hortalizas de otros orígenes por debajo de esos precios. Y de ese modo sí se podría dar certidumbre al agricultor sabiendo que no tendría una “competencia desleal” al llegar al mercado. Si se hizo con España cuando no era Estado miembro, también podría hacerse ahora con países terceros.

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