Un estudio de la
Universidad de Córdoba prueba que los suelos mediterráneos del sur de España
pierden cualidades al superar los 40 grados y plantea estrategias para aumentar
su capacidad de resistencia
Hortoinfo.- 27/05/2026
Las sucesivas olas de
calor que asolan el sur de España en época estival tienen efectos nocivos para
toda la comunidad que la habita, desde la humana hasta la microbiana que vive
en el suelo. Ambas tienen en común una honorable capacidad de resistencia que
les ha permitido sobrevivir y adaptarse, cada una a su manera, a sucesivos
episodios de temperaturas extremas. Pero esa capacidad de adaptación tiene un
límite. Y cuando el termómetro supera los 40 grados, igual que se resiente la
salud humana, los microorganismos que habitan el suelo y que, desde ahí,
prestan multitud de servicios ecosistémicos como el secuestro de carbono o la
nutrición de las plantas, empiezan a estar más preocupados por sobrevivir que
por seguir haciendo su trabajo.
Un estudio realizado por
la Universidad de Córdoba, en colaboración con la School of Environmental and
Natural Sciences de la Universidad de Bangor, en Reino Unido, ha determinado
cuál es la temperatura límite que puede alcanzar el suelo de distintas regiones
mediterráneas antes de degradarse, al tiempo que ha dado pistas de qué podemos
hacer para ayudarle. A partir de los 40 grados, la capacidad de los
microorganismos para capturar carbono se reduce, llegando prácticamente a
«apagarse» cuando alcanza los 50, una temperatura a la que están más que acostumbrados
a enfrentarse los suelos calcáreos de la provincia de Córdoba. A su vez, cuanto
mayor es la temperatura que soportan, menor es la reserva de fósforo del suelo,
prácticamente inexistente si se exponen a temperaturas por encima de los 40
grados.
Para hacer frente a este
problema, el equipo de la UCO formado por los investigadores del grupo de
Edafología del Departamento de Agronomía (DAUCO) adscrito al Campus de
Excelencia Internacional Agroalimentario ceiA3 Sana Boubehziz, Antonio Sánchez
Rodríguez y Vidal Barrón ha investigado la manera de amortiguar el daño que
generan las altas temperaturas, contrarrestándolo con aditivos orgánicos que
aumentan su resistencia. Una contribución que suma a toda una estrategia
integral y multiactor, materializada en la Directiva Europea de Vigilancia del
Suelo, que va orientada a lograr unos suelos sanos en toda Europa de aquí a
2030.
El suelo
mediterráneo, en riesgo
Tal y como explica la
investigadora principal de este trabajo, Sana Boubehziz, las muestras de suelo
se marcaron primero con isótopos radioactivos de carbono-14 para monitorizar la
respiración de los microorganismos. El objetivo era testear la capacidad de
resistencia de dos tipos de suelo mediterráneo (uno calcáreo, de Córdoba, y
otro más ácido, de Badajoz) ante distintos escenarios de temperatura (de 20 a
50 grados). Si bien los resultados demostraron la elevada temperatura que son
capaces de alcanzar antes de perder su funcionalidad, también pusieron en
evidencia la urgencia de buscar soluciones paliativas para frenar la
degradación de unos suelos que se exponen año a año a temperaturas cada vez más
elevadas.
Esas medidas paliativas
pueden pasar por incorporar bioenmiendas ricas en materia orgánica que
incrementan la resistencia del suelo, tal y como probaron los ensayos
realizados con alperujo, principal subproducto de la producción de aceite de
oliva, y restos orgánicos, obtenidos de las plantas de tratamiento de las
empresas municipales de agua y gestión de residuos de Córdoba. Sana Boubehziz
explica que las muestras de suelo a las que se incorporaron aditivos orgánicos,
tras un proceso de incubación de dos semanas, aumentaron significativamente su
resistencia y la disponibilidad de fósforo. En concreto, el alperujo fue el que
resultó más efectivo al conseguir aumentar la resistencia del suelo hasta los
50 grados, evidenciando una vez más las posibilidades de este residuo de una de
las principales industrias andaluzas para formar parte de estrategias de
economía circular.
Además de sus
aplicaciones prácticas, la principal aportación del estudio, según la
investigadora, es dar visibilidad a los retos específicos y necesidades de un
tipo de suelo como el de las zonas mediterráneas, amenazado por los efectos del
cambio climático. «Cada suelo es único», explica, «y debe tener un manejo
adaptado a sus características». Por ejemplo, en el ámbito agrícola, «está
probado que el uso de fertilizantes de base orgánica es más saludable para el
suelo, por lo que durará más y producirá más, siendo a medio plazo más
rentable». Esa rentabilidad no se limita al bolsillo del agricultor, sino que
tiene una dimensión social. El suelo, considerado un recurso no renovable por
su lenta velocidad de regeneración, cumple una función clave en el secuestro de
carbono y es por tanto un aliado contra el mismo cambio climático que está
acelerando su degradación. Cuidar del suelo es una manera de romper el ciclo.



