En la luna las
raíces no se desarrollan como en la Tierra, el agua cambia su comportamiento y
factores del efecto combinado de la radiación y la gravedad varían de manera
significativa
Hortoinfo.- 20/04/2026
El sueño de establecer
bases permanentes en la Luna -al que aspiran varias potencias en un futuro
próximo- requerirá cultivar en condiciones radicalmente distintas a las
terrestres para disponer de alimentos frescos. En ese contexto, la agricultura
sostenible, apoyada en sensores avanzados y técnicas como la espectrometría, se
perfila como una herramienta clave para afrontar el desafío.
La norteamericana Administración
Nacional de Aeronáutica y el Espacio (National Aeronautics and Space
Administration – NASA) trabaja junto a sus socios internacionales con la vista
en la próxima década para instalar bases lunares.
De materializarse ese
plan, «los seres humanos tendrán que alimentarse con productos frescos y
cultivar plantas en el espacio», explica a la agencia de noticias EFE el
ingeniero agrónomo Pablo Zarco, del Instituto de Agricultura Sostenible del
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IAS-CSIC) de Córdoba, doctor
en Ciencias del Espacio y uno de los investigadores más citados en su campo.
Ya existen proyectos de
investigación en esta línea, algunos financiados por la propia NASA o por la
Agencia Espacial Europea (ESA), dentro de sus programas de investigación y
exploración espacial.
En condiciones de
microgravedad, ausencia de atmósfera y niveles de radiación muy diferentes, las
plantas se enfrentan a un entorno completamente distinto.
Bajo esas condiciones,
las raíces no se desarrollan como en la Tierra, el agua cambia su
comportamiento y factores del efecto combinado de la radiación y la gravedad
varían de manera significativa «y no se comprenden completamente»,
según el experto.
A su juicio, entender
cómo afectan estas variables al desarrollo de los cultivos, incluso en
condiciones controladas en microinvernaderos o en hábitats presurizados -desde
su fisiología hasta su rendimiento- resulta esencial para conseguir
«cosechas viables y seguras para el consumo humano».
En la Estación Espacial
Internacional ya se realizan experimentos para estudiar cómo crecen las plantas
en microgravedad, cómo absorben el agua o cómo responden a distintos niveles de
radiación.
«Es previsible que
se abran nuevas líneas de investigación muy interesantes» sobre estos
aspectos, señala Zarco, cuya trayectoria profesional incluye una larga carrera
internacional centrada en la teledetección, con énfasis en la espectroscopía de
imagen y la modelización de la interacción de la radiación con la vegetación y
la detección del estrés del cultivo a situaciones de falta de agua, nutrientes
o ante enfermedades.
La investigación
científica avanza por delante de su aplicación empresarial, aunque cada vez son
más los proyectos de transferencia de conocimiento al sector productivo, añade
el experto, que es director del Laboratorio de Métodos Cuantitativos de
Teledetección (QuantaLab) del IAS-CSIC.
Observación
espacial y terrestre, un mismo lenguaje
La investigación
espacial y la observación de la Tierra comparten una base tecnológica común.
«Existe un hilo conductor claro», explica Zarco.
Añade que los sensores
utilizados para estudiar «nuestro planeta» son similares a los que
analizan la superficie de otros cuerpos celestes o los que incorporan los
vehículos robotizados desplegados en Marte en todos los casos basados en el
análisis espectral de las superficies terrestre o planetaria.
En unos casos, estos
dispositivos apuntan al espacio; en otros, a la superficie terrestre. Pero su
función es comparable: captar información que permita evaluar el estado del
entorno mediante el análisis de la absorción y reflexión de la luz por constituyentes
bioquímicos.
Las imágenes obtenidas
ayudan a detectar el estrés hídrico de las plantas, identificar carencias
nutricionales o anticipar enfermedades, gracias a sensores instalados en
satélites, aviones o drones.
Estas tecnologías se
basan en los principios de la espectroscopía, que permiten analizar la
interacción de la radiación con la materia. Gracias a ellas es posible estudiar
suelos, agua o vegetación sin necesidad de contacto directo, a partir de
información sobre distintas regiones del espectro electromagnético.
«Se requerirán
tecnologías y metodologías que llevamos décadas desarrollando en la
monitorización de la fisiología vegetal mediante sensores
hiperespectrales», subraya el investigador.
Más allá de
lo visible
La espectroscopia
permite «ver más allá de lo que percibe el ojo humano», al analizar
longitudes de onda invisibles directamente para las personas y cuya intensidad
varía en función del estado de la planta: presencia de patógenos, nivel de nutrientes
o disponibilidad de agua.
Mientras que el ojo
humano solo capta una pequeña fracción de la luz, dicha técnica estudia el
conjunto de la radiación para extraer información clave. El principio es
similar al que emplean los científicos para determinar la composición de
estrellas y planetas a partir de la luz que emiten o reflejan.
En agricultura, los
cambios en la radiación reflejada por la vegetación, especialmente en el
infrarrojo, permiten detectar con antelación el estrés hídrico, deficiencias
nutricionales o la aparición de plagas y enfermedades, mucho antes de que sean
visibles al ojo humano y a miles de kilómetros de distancia.
Se emplean drones,
satélites y sensores de campo que facilitan la toma de decisiones y optimizan
la gestión de los cultivos.
Estas herramientas
resultan especialmente valiosas en regiones semiáridas como España y el
conjunto de la cuenca mediterránea, en donde el cambio climático intensifica
tanto las sequías prolongadas como los episodios de lluvias torrenciales con
fuerte impacto en los cultivos, concluye el experto.



